Unamuno, Amenábar y el duelo a garrotazos (Parte 1)

Por: Alexandre Lavado i Campàs

Foto: Heraldo de Aragón

Dos meses después de su estreno, Mientras dure la guerra no ha dejado indiferente a nadie. Su irrupción en las salas de cine ha hecho correr ríos de tinta y ha generado numerosos debates, si bien una de las noticias más comentadas fue la interrupción de una proyección en València por parte de militantes franquistas de España 2000. En el plano artístico, la película cumple con creces, ofreciendo una historia pausada y con una puesta en escena muy detallada en la que la interpretación de Karra Elejalde como Miguel de Unamuno destaca sobremanera. Sin embargo, como sucede con toda película histórica, ¿hasta qué punto el filme de Alejandro Amenábar modifica los hechos históricos en nombre del dramatismo?

Que vaya esto por delante: aunque un director de cine no tiene que ejercer como documentalista o historiador, lo cierto es que el cine histórico, como lo es Mientras dure la guerra, es una forma de aproximación a la historia para gran parte del público. ¿Esto implica que tiene que ser un documento riguroso? No, pero implica que las concesiones en favor de la narrativa y el dramatismo deben intentar respetar, dentro de lo posible, los hechos históricos tal y como sucedieron para no dar lugar a interpretaciones erróneas o sesgadas de la historia.

Este será el objetivo de este breve artículo para Cinezin, aunque mis comentarios se orientarán más hacia aspectos generales de la película que a detalles concretos. Estos dos aspectos de interés son: ¿Cómo se gesta la desafección de Miguel de Unamuno hacia el bando sublevado? Y ¿Cómo se produce el ascenso al poder del General Francisco Franco?


Empecemos pues. En Mientras dure la guerra, Miguel de Unamuno es un veterano profesor universitario residente en Salamanca muy preocupado por los problemas de orden público de la Segunda República. Pero para analizar el personaje que se nos presenta en la película es preciso comentar qué relación tenía Miguel de Unamuno con la República. En primer lugar, Unamuno tuvo un papel destacado en la oposición a la dictadura monárquica de Alfonso XIII y Miguel Primo de Rivera, viéndose abocado al exilio en 1924 por su compromiso intelectual con las fuerzas republicanas. A su regreso a Salamanca fue recibido con honores y, en las elecciones municipales del 12 de abril de 1931, resultó elegido regidor de la Conjunción Republicana Socialista para el ayuntamiento de dicha ciudad. De hecho, fue él mismo quien declaró la República desde el balcón del ayuntamiento de Salamanca. Unos meses más tarde, en julio, fue elegido diputado en las Cortes por la misma coalición. Sin embargo, su entusiasmo inicial pronto se tornó en desencanto hacia el nuevo sistema republicano, debido en gran parte a sus concepciones personales sobre España.

En sus intervenciones en las Cortes dejó patente la preponderancia de España por encima de la República, criticó la Constitución de 1931 por “no continuar con la tradición histórica de los Reyes Católicos” y por “babélica”, dadas sus concesiones en materia lingüística a las distintas nacionalidades del país. Su idea de España era la de una nación metafísica y espiritual, centralista y cristiana, cohesionada en torno a la lengua española. También manifestaba un profundo rechazo a los nacionalismos vasco y catalán, al autonomismo, al federalismo e incluso al laicismo. Por estas razones pidió la revisión de la Constitución un año después de ser aprobada y el distanciamiento con los socialistas, ya que percibía sus tímidas reformas como el inicio de la lucha de clases y la revolución. Pero detengámonos un momento aquí para hablar del alcance de estas reformas.

La llegada de la Segunda República trajo consigo grandes esperanzas de reformas. Tanto los partidos políticos como sus votantes esperaban crear una España nueva que limitara el control reaccionario de la sociedad, creara unas relaciones laborales más equitativas, emprendiera una ambiciosa reforma agraria que acabara con la pobreza endémica del campo español y que atendiera a las demandas de autonomía del País Vasco y Cataluña. Sin embargo, pese a que la izquierda ostentaba el poder político, las herramientas para llevar a cabo las reformas seguían en manos de las fuerzas conservadoras. Estamos hablando de la propiedad de los bancos, las tierras y las industrias, además del control de los medios de comunicación como la prensa y la radio, y el sistema educativo, mayoritariamente privado y en manos de la Iglesia. Todas estas propiedades contaban con el apoyo de la Iglesia, el Ejército y la Guardia Civil y todos los actores aquí mencionados estaban decididos a impedir cualquier reforma espiritual, de la propiedad o del modelo territorial. También es menester hablar de la grave crisis económica provocada por el Crac de la Bolsa de Nueva York de octubre de 1929. Los efectos en España se manifestaron en forma de movimientos demográficos de regreso al campo, la caída de los precios agrícolas, la decisión de los propietarios de no cultivar las tierras, la caída de los salarios, el aumento del paro y la llegada del hambre.

Así pues, en ese contexto tan complicado, la República tuvo poco margen para aplicar las reformas que se proponía. El bloqueo sistemático a las reformas llevado a cabo por los terratenientes, industriales y eclesiásticos que ostentaban el poder local suscitó un creciente desencanto entre las clases populares y las fuerzas sindicales y el inicio de las primeras protestas, huelgas y revueltas trabajadoras. Ante este deterioro del orden público, la República aplicó medidas represivas, buscando asegurarse la simpatía de los propietarios económicos. Sin embargo, esto solo sirvió para granjearse una mayor enemistad entre los trabajadores y los propietarios. De hecho, los conservadores antirrepublicanos y católicos utilizaron a la Asociación Católica Nacional de Propagandistas y otros medios de comunicación reaccionarios para convertir estas huelgas y protestas en inminentes conspiraciones y revoluciones comunistas, masonas o judías que pretendían destruir España y la civilización cristiana occidental. También contribuyó a esto un profundo proceso de fascistización de las derechas españolas, siendo la Confederación Española de Derechas Autónomas (fundada en marzo de 1933) y su líder, José María Gil Robles, un buen ejemplo de ello. Recién regresado del 5º Congreso Nazi de Nuremberg celebrado en septiembre, el líder de este partido conservador pronunció el siguiente discurso para la campaña electoral de noviembre:

“Hay que fundar un Nuevo Estado, una nación nueva, dejar la Patria depurada de masones judaizantes […] ¡Qué importa si nos cuesta hasta derramar sangre! […] La democracia no es para nosotros un fin, sino un medio para ir a la conquista de un Estado nuevo. Llegado el momento, el Parlamento o se somete o lo hacemos desaparecer.”

Dado que las izquierdas se presentaron divididas y que el sistema electoral de la República favorecía a las grandes coaliciones, la CEDA y el Partido Radical ganaron las elecciones y trabajaron desde el primer momento para desmantelar el programa de reformas de los dos años anteriores. Este hecho no hizo más que agudizar las tensiones sociales y allanar el camino para la revolución del 1934 y un mayor y más grave deterioro del orden público.

Volviendo a Miguel de Unamuno, podríamos decir que “se juntaron el hambre con las ganas de comer”. Como parte de su pensamiento cristiano, liberal, conservador y centralista, este constante ciclo de protestas y represión, amplificados por la prensa antirrepublicana, le horrorizó. Fruto de este proceso de derechización asistió, en febrero de 1935, a un mitin de José Antonio Primo de Rivera en Salamanca, algo ampliamente publicitado por Falange Española y que según parece le costó el Premio Nobel de Literatura de ese mismo año. Más allá del interés intelectual, José Antonio Primo de Rivera y Miguel de Unamuno se dedicaron algunos elogios mutuos durante los días siguientes hasta que, el 25 de marzo en “Ahora”, el filósofo escribió lo siguiente sobre el líder falangista:

»“Es un muchacho que se ha metido en un papel que no le corresponde. Es demasiado fino, demasiado señorito y, en el fondo, tímido para que pueda ser un jefe y, ni mucho menos, un dictador”.

Dados estos antecedentes, no debe resultar sorprendente que Miguel de Unamuno diera su apoyo público al golpe de estado de julio 1936. Como puede apreciarse en el filme, parece ser que Unamuno percibió aquel golpe de estado como una acción contra el gobierno que tenía como objetivo restaurar el orden público. Según su perspectiva, el golpe defendía la civilización cristiana occidental y la unidad de España, aunque eso era incompatible con sus planteamientos liberales y democráticos. Sin embargo, dada su postura antirrevolucionaria, consideró que las víctimas del Frente Popular eran daños colaterales y por eso siguió prestando su apoyo y su palabra a los sublevados. ¿Pudo actuar por miedo a las represalias? Quizás, pero solo se desmarcó de los sublevados cuando la violencia afectó a amigos cercanos como Atilano Coco y Salvador Vila. Y es que esta es una de las claves de la violencia política a lo largo de la historia. En situaciones de conflicto como la Guerra Civil Española, la creación de un “otro” deshumanizado y caracterizado como el enemigo es esencial para justificar y llevar a cabo políticas eliminacionistas. Pero cuando ese republicano, “rojo”, “bárbaro” o “ateo” que presentaba la prensa ultracatólica y fascista se convirtió en alguien con una historia detrás, en alguien como Salvador, Atilano y muchos otros salmantinos, la cosa cambió. No generalizar al “otro”, conocerlo en persona, colmó la paciencia de Unamuno.

Siendo especialmente conocido por llevar la contraria, Miguel de Unamuno dijo basta el 12 de octubre de 1936 en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca. Se ha escrito mucho sobre lo que sucedió durante ese acto pero no hay consenso entre los historiadores sobre los hechos y las palabras exactas que se pronunciaron y que sirvieron para condenar a Miguel de Unamuno al ostracismo absoluto hasta su muerte. Esto se debe a la ausencia de registros de ese acto. Algunas de las palabras anotadas en el reverso de la carta de Enriqueta Carbonell, esposa de Atilano Coco, son las siguientes: «Vencer y convencer, guerra internacional, occidental cristiana, odio y compasión, odio, inteligencia, lucha, unidad, catalanes y vascos, cóncavo y convexo, independencia, Rizal».

Foto: Millán Astray y Unamuno, en el centro, a la salida del acto del paraninfo el 12 de octubre. BNE.

Sí parece ser cierto que pronunció la frase “vencer no es convencer” en lugar de “venceréis pero no convenceréis”, como bien se refleja en el filme, y también parece ser que sus referencias a vascos y catalanes provocaron el enfado de José Millán-Astray y parte de los asistentes. La referencia a José Rizal, héroe de la independencia de las Filipinas, aunque omitida en la película, también fue un importante punto de tensión con los falangistas y legionarios allí congregados. De hecho, se cree que la cuestión Filipina fue la que provocó el grito de “Muera la intelectualidad traidora” de Millán-Astray (no “Mueran los intelectuales” como se aprecia en la película). También se especula que, tras ser interrumpido por el “Glorioso Mutilado”, Miguel de Unamuno le dedicó una réplica acerca de su condición de mutilado, estableciendo un paralelismo crítico con el empeño de crear una nueva España “mutilada”. Pese a estas palabras, biógrafos de Miguel de Unamuno como el matrimonio Rabaté aseguran que la situación no llegó a ser tan crítica como vimos en pantalla y que esta percepción se debe al trabajo del historiador Hugh Thomas publicado en los años 60. En opinión de los Rabaté, la sesión fue tensa como era habitual en la época y, de hecho, Unamuno y Millán-Astray salieron juntos de la Universidad de Salamanca. También parece probado que Unamuno abandonó el Paraninfo del brazo de Carmen Polo pero que, al contrario que en la película, regresó a casa andando, dada la cercanía de su residencia. Intentando continuar su vida con normalidad Miguel de Unamuno se dirigió al casino de la ciudad, de donde fue expulsado a gritos de “rojo” y “traidor”.

Desde ese día, su existencia en Salamanca se caracterizó por el arresto domiciliario y un estado de depresión y soledad constante. Tras el incidente fue destituido como concejal del Ayuntamiento, como rector y repudiado por la comunidad académica de la Universidad. Estos hechos nos indican que la discusión del 12 de octubre tuvo graves consecuencias para el filósofo y que, muy seguramente se libró de ser ejecutado por su fama internacional. Uno de sus últimos textos, del 27 de noviembre, habla de la situación de Salamanca:

“Aquí en Salamanca no hay guerra sino algo pero, porque se oculta en el cinismo de una paz en estado de guerra. No hay guerra de trincheras y bayoneta calada, pero la represión que estamos sufriendo no hay forma de calificarla… Se cachea a la gente por todas partes. Los “paseos” de presos hasta lugares de fusilamiento son constantes. Se producen “desapariciones” […]. Hay tortura, vejaciones públicas a las mujeres que van por la calle con el pelo rapado. Trabajos forzados para muchos disidentes. Aglomeración inhumana en la cárcel. Y aplicaciones diarias de la ley de fugas para justificar ciertos asesinatos […] ¿Qué será de mi España cuando despierte de esta salvaje pesadilla?”

Poco se aprecia de esta situación de violencia extrema y represión en la película de Amenábar. Finalmente, la muerte de Miguel de Unamuno se produjo en la tarde del 31 de diciembre y, pese a la polémica, el franquismo le elevó a la categoría de héroe nacional, apropiándose de su figura.


Para saber más:
A propósito de la película de Amenábar: http://www.angelvinas.es/?p=1894

Las elecciones de 1936 y el Frente Popular: el triunfo de la democracia frente a las alternativas autoritarias: https://blogs.publico.es/dominiopublico/19753/las-elecciones-de-1936-y-el-frente-popular-el-triunfo-de-la-democracia-frente-a-las-alternativas-autoritarias/

González Calleja, E.; Cobo Romero, F.; Martínez Rus, A.; Sánchez Pérez, F. (2015). La Segunda República Española. Barcelona: Pasado & Presente.

Rabaté, Colette; Rabaté, Jean Claude (2009). Unamuno. Madrid: Taurus.

Viñas, Ángel (ed.) (2012). En el combate por la historia. Barcelona: Pasado&Presente.

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